Por Salud Ochoa

Chihuahua, México.

En junio del 2015, bajo los ardientes rayos del sol del verano en el desértico norte de México, el destino me colocó frente a una pareja de inmigrantes deslizándose con habilidad entre los vehículos, que circulaban por una de las avenidas más transitadas de la ciudad de Chihuahua. Un hombre y una mujer, jóvenes ambos, apenas mayores de edad se delatarían después.

El color de su piel, la forma de hablar y hasta el estilo revuelto de su cabello me indicaron que no eran los migrantes habituales provenientes de Guatemala, Honduras o Ecuador, que de alguna forma u otra los mexicanos conocemos bien. Sin embargo, formaban parte de los 150 mil o más que cada año ingresan a México por la frontera Sur, según el Instituto Nacional de Migración.

Me acerqué y hablé con ellos. Bajo la sombra de un árbol, acompañados de una botella con agua, me contaron el largo y difícil peregrinar desde su país natal hasta el norte mexicano, que no era aún su objetivo final.

Seis meses atrás habían salido de Jamaica con la única esperanza de pisar tierra estadounidense y buscarse un futuro mejor empleándose en lo que la vida les ofreciera. La meta era conseguir trabajo y enviar dinero a la familia en espera.  Para ello cruzaron 5 países, el mismo número de fronteras pero no así la misma cantidad de dificultades. Esas se triplicaban.

En barco, en autobús, a pie o a lomo de tren. Bajo la lluvia, el sol, las carencias, los mosquitos, las enfermedades, los delincuentes y el hambre,  atravesaron Nicaragua, Honduras, Salvador y Guatemala. En México, se sumaron al millón de mexicanos que cada año emigra hacia el norte, sostenidos  siempre por la ilusión, por la firme creencia de que las cosas pueden cambiar si uno así lo sueña y así se lo propone.

Aún les faltaba la peor parte. Enfrentar el desierto que se extiende a ambos lados de la línea divisoria entre México y Estados Unidos, y aunque la travesía empezaba a cobrar factura en el cuerpo, no así en el ánimo, que se mantenía a flote a pesar de la pierna herida de Justin y el embarazo de cuatro meses de Nicole. Prevalecía la esperanza a pesar de todo.

Ese día conté su historia en las páginas de un diario  y la pregunta más recurrente fue y sigue siendo: ¿Por qué escribir cosas tristes, dolorosas y hasta trágicas?

Mientras escribía la odisea de los jóvenes, con cada frase plasmada en la pantalla en blanco, entendí que escribir es también un acto de fe, de ilusión, de esperanza, de ganas de creer y crear entornos distintos a los nuestros. Ganas de trascender, de aportar algo a la sociedad a través de las palabras, y más allá de todo, ganas de remover el interior de un lector.

Es tener fe en que esas palabras impresas se erigirán como un significado  para alguien más, aunque solo sea una persona, en algún lugar y algún momento.

Supe que el escritor es también un migrante, que viaja a través de las distintas realidades, de la perspectiva única de cada persona, de los mundos que conoce por medio de sus sentidos o los de alguien más.

Escribir es un viaje solitario y difícil, igual que el de Justin y Nicole. Llenar la hoja vacía obliga a enfrentar los demonios, propios y ajenos, porque no se trata de escribir solo porque sí, de inventarse complicadas metáforas que a veces llegan al “sinsentido” y que en no pocas ocasiones, son la causa del distanciamiento de las personas y los libros.

La última Encuesta Nacional de Lectura en México indica que en promedio se leen 2.94 libros por persona al año. Las razones pueden ser muchas pero quizá deberíamos preguntarnos si una de ellas no tiene que ver con ese “alejamiento” de algunos escritores en aras de producir textos comprensibles solo para unos cuantos.

El lector quiere verse reflejado en la historia, sentirse parte de esta, acompañar a los personajes en su transitar por las páginas, ir de capítulo en capítulo sintiendo que conoce el entorno, que lo entiende, que lo vive, lo disfruta y hasta lo sufre.   Quiere reconocerse en la poesía, encontrar concordancias en los versos y en la vida.

La literatura no necesariamente debe ser “color de rosa”, “adecuada” o “encantadora”, porque el escritor es un cronista de su tiempo y de su realidad y la realidad no siempre cumple con las tres condiciones anteriores.

¿Qué habría sido del “Germinal” de Emile Zolá o “Los miserables” de Víctor Hugo –solo por citar algunos ejemplos- si la literatura se restringiera únicamente a “cosas bellas”?.

En la tragedia también hay belleza, es la habilidad del escritor la que permite mostrarla.

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Sobre la autora

Salud Ochoa1Salud Ochoa Sánchez. Escritora y Periodista mexicana. Originaria de Chihuahua. Licenciada en Filosofía y Maestra en Periodismo. Con 15 años de trayectoria periodística, actualmente es reportera de Investigaciones Especiales en El Diario de Chihuahua.

En materia literaria ha sacado a la luz 5 libros de poesía, cuento y novela y es miembro de diversas antologías. Además de la versión impresa, sus textos se han publicado en diferentes sitios web como “mujerlatinatoday.com” en Estados Unidos, el blog “Neonadaísmo” en Colombia, “La Conexión USA.com” y la revista digital “Ombligo”.

Ha participado en diferentes eventos literarios dentro y fuera de México. Este 2016 su obra ha trascendido las fronteras presentándose en El Salvador y en diversas ciudades de Alemania.

Su libro más reciente, “Flores de un Paraíso Perdido”, fue presentado oficialmente en el Instituto Cervantes de la ciudad de Hamburgo en mayo pasado. El tema principal de esta obra son las mujeres migrantes.

Autora de: “Flores de un Paraíso perdido”. Novela. 2016. “El Canto de las Brujas”. Poesía. 2015. “Lágrimas de Barro”. Cuento. 2014. “Los Ojos de la Luna”. Novela corta. 2012. “Entre las sombras”. Cuento. 2006.

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