Por Elisa Arraiz

Según Oliver Sacks, neurólogo británico que falleció recientemente, algunos de nuestros recuerdos más apreciados pueden no haber sucedido nunca o pueden haberle sucedido a otro. Según sus experimentos, nuestra mente olvida algunas cosas para que renazcan en un nuevo contexto y con una nueva perspectiva y esos olvidos parecen ser más corrientes en quienes pintan, escriben, componen música o desarrollan alguna actividad creativa. No hay mecanismo en el cerebro que asegure la verdad, ni siquiera el carácter verídico de nuestros recuerdos. Lo que cada quien piensa es sólo su verdad, noción que depende de la imaginación y los sentidos. Se sabe que los recuerdos no son fijos ni están congelados, éstos se transforman, se desarman y se vuelven a armar, se reclasifican en cada acto de recordar.

El arte de la memoria lo inventaron los griegos, como muchas otras disciplinas, y para ellos la técnica consistía en un sistema para recrear imágenes y lugares, para luego fijarlos en la memoria. Esa habilidad se llama nemotecnia y aunque hoy en día parece una tontería, fue muy útil antes de que se inventara la imprenta. Antes de la imprenta la historia se narraba en los manuscritos de los monasterios, mediatizada (palabra nada medieval) por los conceptos de virtud de los monjes escribanos.

Las investigación moderna concluye que la memoria involucra un proceso de reconstrucción. Es decir: no es solamente recordar, sino re-estructurar los hechos, imágenes, datos; cada uno de ellos almacenados o reconstruidos de manera diferente.

La psicóloga y profesora de la Universidad de California, Elizabeth Loftus, considerada una de las máximas expertas en memoria, dice que la mayoría de las personas piensan que el cerebro es una grabadora, pero décadas de investigaciones han llegado a la conclusión de que la memoria se construye y se reconstruye, que uno mismo la puede cambiar, pero ésta también cambia por sugerencia de los otros elementos involucrados en el complejo mecanismo de memorización. De modo que los recuerdos son la interrelación de muchos pensamientos y todo el tiempo un acto de continua creación y recreación.

Según Loftus, la desinformación puede invadir nuestra memoria cuando hablamos con otra persona, o cuando nos interrogan de determinada manera o cuando leemos en la prensa una versión diferente a lo que hemos presenciado. La memoria puede ser modificada y más aun cuando pasa el tiempo, de allí surge lo que llamamos falsa memoria.

Instalar una falsa memoria en otra persona es muy simple: basta con que un segundo o tercer individuo corrobore su versión de lo que vieron o experimentaron juntos; de esta manera es bastante fácil crear testimonios desviados de la realidad.

Es en nuestro cerebro donde actúa la memoria. Para recordar se necesita abrir nuevos caminos en nuestro cerebro. Está comprobado que se necesitan cuatro condiciones para abrir esos nuevos caminos: se debe hacer algo genuinamente nuevo, poner mucha atención a lo que se está haciendo, engancharse emocionalmente y mantenerse en ello; algo similar a como describen algunos autores y artistas el proceso creativo. Finalmente debemos tener en cuenta que esos caminos del cerebro cambiarán al igual que los recuerdos.

A pesar de que Cicerón dijo que la memoria atesoraba y cuidaba todas las cosas, la intensa actividad multitarea que caracteriza la vida postmoderna, ejerce una influencia negativa en nuestra memoria, haciendo más difícil alcanzar los recuerdos y dominar el arte de la memoria, que es más importante que nunca, si queremos mantener nuestro equilibrio en un mundo que se mueve a una velocidad nunca antes vista.

 

 

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