Poetas y Escritores Miami tiene el privilegio de presentar Días Frívolos, libro de cuentos de la escritora ecuatoriana Maritza Cino Alvear, publicado por La Casa Morada, que dirige la editora María Paulina Briones de Guayaquil. A continuación compartimos 5 relatos del mismo.

GARFIOS

No me gustan los garfios,  vinieron a mí por  azar. Empecé, de dos en dos, a amontonarlos en  la bodega de la casa. A veces creo que los adopté por su ensamble fonético y recordatorio  más que por  su utilidad; no me veía como estibadora ni siquiera sabía de qué estaban hechos,  por ahí no iba  el placer.

Siempre me parecieron objetos inútiles y hasta peligrosos,  tanto así que cuando quise saber sobre su origen,  primero fui a una ferretería naval  y al no conseguir una información convincente busqué en una enciclopedia y  di con pocas pistas que más se remontaban a la antigüedad y al uso que se les daban para aferrar las naves. Ahora que digo naves,  también asocio que los fui adquiriendo de a poco, en mis visitas al puerto,  cada vez que llegaban mis abuelos de sus viajes por el viejo mundo, en la época en que solo se podía ir por barco.

Yo iba no solo para despedirlos o recibirlos, sino también para agarrarme de algún fetiche que me sostuviera y entretuviera en la espera. Creo que al capitán del puerto  le daba pena verme tan confundida mirando al horizonte,  supongo que por eso me entregaba dos de estos y me decía que mis abuelos volverían y habría más.  No recuerdo exactamente cuándo concluyó este trueque, pero sé que esa fue la forma en que me inicié en garfios.

Hasta hace unos semanas hubiera seguido en la ignorancia de amontonar hierros viejos en la bodega junto a las pirañas, también  daba por hecho el haber dejado  mi etapa – garfios. Si no hubiera sido por estas vacaciones que me he tomado en  un retiro farallónico,  donde además de un museo de reliquias de los países que visitó el capitán, también hay garfios raros y atractivos de todas las formas y tamaños.

Me cautivó más que ninguno el pequeño garfio japonés,  curvado y filoso. Hubiera sido enigmático tenerlo como amuleto, pero el capitán no lo permitió porque dejaba incompleta su galería.  Por tanto, el único impulso que me asiste hasta la fecha es  notificar de este hallazgo en mi columna sobre coleccionistas para la revista del puerto, y mientras lo hago, mi memoria ha convulsionado y creo que este remezón se debe a esta exclusividad gárfica, ya  que  éstos deben existir  para demostrar su reservada función y para aferrarse, aunque no lo escojan sus amos.

Los  he visto en gente famosa y excéntrica que se los pone y saca del muñón perdido, pero a mí aún me resultan incisivos y sospechosos, trémulos y hasta asesinos; no sé si por parecido o por sonido los confundo con dardos, esos que exigen puntería.

A propósito, hace poco me decía el jefe de la revista, que yo hablaba con dardos, y esto me sonó tan atractivo, que compré un tablero de cincuenta pulgadas y lo ubiqué frente a mi cama. En las noches, cuando llegaba del trabajo, abría mi cajuela instrumental y pasaba las horas lanzando dardos,  pero en ese campo motriz  mi probada puntería fallaba.

Retornando a los garfios,  que no son los mismos de la galería ni los del antiguo puerto, los asocio a una imagen perdida de cultos oceánicos, pero con su habitual e inquietante esplendor.  Por eso estoy segura de que esta aproximación me va  a ayudar con mi crónica del diario, así como  también para nuevos asuntos en los que logre expandir de vez en cuando un dardo,  que me enganche de una vez por todas al muñón,  antes de reciclarlos.

MITÓMANA

Era mitómana y escribía poemas. Mi tiempo  transcurría entre estados de angustia crepuscular, lo que ciertos especialistas llaman locura pasajera, y el hobby de editar epístolas por encargo, a las que añadía alguna picardía con suspenso fantasmal.

En mis jornadas libres  no solo exhortaba a los dioses con los que había interactuado en mis clases de literatura clásica,  hace algunos siglos, y que me habían salvado de ciertas  ruinas circulares,  por parafrasear un título  borgeano, sino que también incorporaba en mi recorrido a uno que otro antihéroe. Les echaba mano y esta afición por los comics me llevó a sumarme al club de fans.

Los fines de semana me desempeñaba como oradora con tono de náufraga,  me encargaba de difundir testimonios en la periferia, como queriendo recuperar los restos de un galeón hundido.

La mitomanía siempre fue lo mío,   más aún cuando leí El manual de un mitómano.  Esta proximidad cuasi-científica,  me convenció  de que  lo  que se conoce  como pseudología fantástica me vino en los genes,  como una sutura insomne, sobre todo, cuando pronuncio alguna frase atrapada en la lógica de estos tiempos.

Reparo en este tópico cuando practico la cátedra, en la que me ejercito únicamente en los meses de verano, para no morirme de hambre, literalmente hablando, y redimirme del espanto, como lo anoté en un antiguo verso cuando aún era mitómana,   aunque  lo de la cátedra como lo he manifestado desde el pódium es  un aprendizaje transversal con secretas satisfacciones.

Otro detalle que advertí de aquella costumbre mitómana es la   confusión que acarrea.  Por ejemplo, en alguna ocasión,  yo conversaba frente a un grupo de amigos sobre  lo que son las certezas y les explicaba que,  el mar como mar y su extensión,  siempre va a estar ahí, tendido, rendido ante la mirada de quien contempla  y quiere recoger de él su imagen e infinitud.  Sin embargo, añadí,  que  en algún momento ese mar también podía ser  fugaz, y que su voracidad mutaría según sus vaivenes y estado de ánimo.

Este divagar que yo creía poético-filosófico, trajo consigo un revuelo de murmuraciones que no quiero recordar, porque otra vez me alcanza  la angustia flotante, esos miedos distendidos de los  que se ignora su lapso de caducidad.

En estos días, cuando todo lo que digo lo determinan  como ambigüedad crónica,  me he vuelto más cautelosa y silente.  Hablo lo necesario, observo sesgadamente el amanecer  y   pruebo con flores de Bach para disipar los paroxismos.

Desde este nuevo punto,  a distancia de esa suerte de goces y placebos, algunas tardes me sorprenden  señales de asteroides. Con canguil en mano altero finales de novelas y  lanzo un antihéroe hasta  mi jardín de geranios.

MAR SEPIA

Cuando la encuentro por casualidad, reparo en esa conjunción de emociones y vértigos que ahora se diluye  sobre una naturaleza muerta.

Advierto los primeros signos del paso del tiempo en su expresividad inagotable y vital. Me  miro en ella y asumo lo que me toca. El espejo nos ubica. La observo y recorro su perfil, su eternidad.

Sobre un mar sepia, una llovizna se anuncia. Leo La invención del amor, enciendo un cigarrillo y celebro que ya no esté.

VOYEUR

Mi madre tenía la manía de poner velas a los santos. Yo la miraba en su movimiento escénico y acompañaba su extrañamiento. Me sentía voyeur de su santuario, de sus arcángeles mayores y menores, de su vida entregada al oficio de lidiar con estatuas y extraviarse en los ritos de la fe.

Un día me entregó un Lázaro; yo me miré en él y agradecí su deferencia a mi complicidad de poeta. Lo sostuve turbada. Ella me dijo: “Levántate y ándate”.

SIETE LENGUAS

Era jueves y yo permanecía en la estación. Subsistía, custodiada por gigantes y enanos que empezaban a desvanecerse ante la llegada de la noche.

Yo seguía, al igual que el lunes, martes, miércoles y todos los días del calendario, donde entes de pies gigantes y enanos se movían sonrientes en un territorio donde aprendí a deletrear  lenguas apócrifas.

El  primer día tropecé el silencio; el segundo bordeé el abismo; el tercero, falsifiqué  un fonema.

Los siguientes, empezaron a desmoronarse sobre hojas lívidas y anárquicas en un ciclón de fuego.

Era jueves y yo permanecía en la estación.  Contenida,  extasiada con gigantes y enanos, esperando una  llamada bíblica y pagana que me sorprendiera jugando a los marcianos con mi amuleto de siempre.

Maritza Cino (Guayaquil, 1957) poeta y profesora ecuatoriana. Licenciada en Lengua Española y Literatura. Diplomada en Educación Superior. Ha sido catedrática de las universidades Estatal, Católica y Politécnica del Guayas. Actualmente es docente en la Universidad de las Artes y coordina el taller de Escritura Creativa del Teatro Centro de Arte de Guayaquil. Es Premio Nacional de Poesía “Medardo Ángel Silva”, 1983. Ha publicado en poesía Algo parecido al juego, 1983; A cinco minutos de la bruma, 1987; Invenciones del retorno, 1992; Entre el juego y la bruma (antología), 1997; Infiel a la sombra, 2000; Cuerpos guardados, 2009; y Poesía reunida, 2013.

 

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