Por Odalys Interián

Cover 1Una sombra… Todo el infortunio del mundo, y encima mi amor, como un animal desnudo. Con esta cita de Paul Eluard,  Germán Rizo abre su libro. No necesitamos saber más, entre sombras, infortunio y amor se escriben estos versos. Germán es de esos poetas que entienden la poesía como ejercicio de salvación, sus versos justifican la vida, embaucado como si escribir fuera el “todo” del deber del hombre, es de esos poetas que entran en ella para siempre quedarse.

Bajo la sombra del corazón es un canto al amor y a la realización en el otro. Poesía emotiva, sensorial, táctil, versos hechos para el paladeo y la alabanza. Con sobriedad y una eficacia expresiva, con un texto plural y armónico, nos revela alegrías, goces, pero también las angustias que nos acompañan. Vivencias propias o ajenas sucediéndose interminables.

Se vive cercado de sombras, algunas terribles, no hay maneras de escapar. Para el poeta no hay renuncia, sabe que es dura la contienda para sobrevivir en medio del caos y lo desconocido, entre esas sombras que enturbian y dificultan la convivencia y el diario suceder. El poeta es un equilibrista en concordancia con la vida, él,  el que resiste.

Para Germán la palabra se convierte en el único modo de poder revelarse y revelar el mundo. El poema es un testimonio del suceder y de la búsqueda. Desde su inconformidad nos habla, el amor es la vena, el fuego sagrado que lo alimenta. Desde el silencio busca el enigma de la creación que el lenguaje poético encubre. Desde la palabra y entre sus múltiples significados se encierran las formas simbólicas que alimentan ese silencio y lo trascienden. La poesía necesita del silencio, para fructificar allí, donde el tiempo se anula en la virtualidad del lenguaje. Poesía que se va haciendo con las cosas sencillas y simples y con las grandes nimiedades de la vida también; miedos, llantos, nostalgias, desesperación y ausencias.

Poesía que recoge lo cotidiano y quiere revelar todas las riquezas del ser en sus ocultas relaciones. Lección perdurable siempre, en ese diálogo donde la poesía es una eternidad inexplicable y única, donde el poeta celebra y se descubre.

Estos serán los elementos definidores de su poesía: La ausencia y la desolación, la conciencia de la muerte, la cotidianidad, el amor como una forma de resistencia, sus imágenes con las que trata de traer y recrear la realidad.

Dios es otro silencio y otra ausencia en estos versos, lo que acentúa en ocasiones la desesperanza en ese combate entre el hombre y sus sombras, entre lo individual y la dispersión, él solo enfrentado, otro Odiseo en su rebeldía y persistencia enfrentado siempre a la idea de volver, al eterno retorno. En esa batalla por encontrar sus palabras, con las que va a narrar su verdad íntima. En su deambular hacia lo inalcanzable, en su ir y venir por los caminos de todos los días, entre la desazón existencial y el deseo del reencuentro, lo acompaña ese sentimiento de pérdida. Lejos de su tierra estará evocando siempre, lo que se abandona, lo que se deja detrás y ya jamás se recupera. Su poesía se pierde en el vértigo de una vigilia que siempre retorna. El lenguaje es ausencia, pero también es una manera del regreso. El poeta es uno que sobrevive en medio del silencio y la desolación.

En el nacimiento de las palabras. Allí es la cita. La palabra nos inventa, se hará la fiesta de los cuerpos, el roce y la sublimidad. Las palabras hacen el amor, están hechas de silencios, de largos duelos y desvelos, ellas son lo sagrado y rememoran, las palabras son el presente continuado.

Germán no se conforma con materializar ese instante real, él quiere lograr la trascendencia, donde recuerdo y deseo se funden al ideal de la palabra. Las palabras no son lo indecible, ellas revelan. La confesión lírica como tema escondido en la exploración de sí mismo. Poesía para encontrarnos y encontrar al otro, donde el poeta se piensa a sí mismo, él solo quiere amar, quiere la complacencia, quedar emancipado, lejos del dolor y la angustia, solo el amor es lo que necesita, desea y logra sublimar la sensualidad que lo asalta. La experiencia amorosa es su fuerza vivificante, no es infrecuente encontrarla en sus versos, como si la entrega significase la disolución en la amada, y esto fuera la única  redención posible, además de ser también, otro modo de sufrir y padecer. Condéname a tu exquisita desnudez, donde la tibieza del amor se prolonga.

Hablo  por la tibia línea
de tu desnudez
Trepo los remolinos
de tu cuerpo
abriendo el silencio maternal
de tu vientre
encuentro entre las hojas del jardín
el vacío de tus ojos
y dormidas primaveras
Nacen nuevas estrofas
en lo profundo
de tus besos
se levantan
hogueras interminables
que lamen los surcos de tu ofrenda

El poeta en su deseo de trasgredir, buscando siempre un paisaje de luz siempre asociado a la mujer. Inmenso paisaje, besando las heridas del crepúsculo en tu boca. Lleva al verso un protagonismo y un elevado erotismo. Me devorabas y devorabas el ruido incesante de mi lujuria.

Te rocé en el goce mío, entre el fuego de los besos y los rostros de la noche. El sabor de la noche, envuelto en el goce penetrante de tu cuerpo.

Arde con avidez
el fruto de tus labios
Sobre mi voz cansada
crecen  los júbilos
del deseo y la luz
Sabor de la nada
sabor ciego de ti
lujuria
hambre desértica de tu alma
boca húmeda crecida
entre las voces de mi silencio

El tema amoroso llama y atrae al poeta, la angustia y el anhelo son solo sueños, la mujer idealizada: Entre mi sombra te has enredado como una selva enigmática y virgen.

Sin pausas amarte
dormida
despierta y húmeda
en el goce ávido de mi sed
en el tiempo sagrado
del delirio
Amarte
en el silencio de mi voz
grito callado
La exaltación de la figura femenina, toda ella vencedora, árbol
en el despertar de las sombras, en el volumen estremecido
de mis manos… Libélula, danzando en la fortuna de mi ojo.
Y llegas
con la sed de un pájaro
que habla en silencio
lamiendo la quietud
penetrando en latidos de guerra

Una cotidianidad fluye desde este lenguaje, desde la intensidad de la palabra poética. Poesía es reflejo y es también la circunstancia del poeta, en Germán es su reflejo y consecuencia. Su yo íntimo, y en su individualidad está el hecho colectivo. Es el amor de todos, los mismos anhelos y deseos, el hombre y la mujer, la pasión y la entrega.

Con mi tacto edifico una dinastía de relámpagos, la palabra reveladora revitalizándolo, la introspección para encontrar al otro. Se extiende la lujuria, los versos en mi sangre, son un río que hierve lívido en la noche.

Inquisidora
enciende ese lago danzante
y quema la soga perpetua
ceñida a estas pulsaciones
amargas
Arranca con tu lengua
esta soledad…

Todo como un símbolo para alcanzar los silencios; el silencio hueso cristalizado que penetra como un silbido armado. Y desde el silencio fluir emancipado. No todos los silencios son esa sombra, hay un silencio que disfruta el poeta, el silencio que queda después de amar, el silencio de los cuerpos abrazados, ese donde nacen sus imágenes, ese que antecede al nacimiento de las palabras.

La lluvia y el otoño son motivos reiterados en su libro, junto a la luna, la noche y la soledad como elementos de esa cotidianidad y nunca suficientes en sí mismos. Donde no falta la invocación tediosa de lo ausente y la rememoración como tema. Germán crea un universo propio, hecho de sus propias vivencias y de lo que asimila de la tradición, nos deja un testimonio, la visión de la realidad y sus más perdurables estados emocionales.

Siempre las sombras, las terribles, tocadas de soledad que vuelven el paisaje familiar sombrío, la ausencia de la madre, la evocación de la muerte, y ese coro de abanicos trayendo sus olores, el poeta conmovido ante lo inevitable de la pérdida, en ese caos angustioso de la memoria, un sol quemándole la sangre, el mar de su agonía… mi voz rompiéndose entre los pájaros, desolada.
Madre arranca esta vestidura apresada en el amparo y cúbreme con ese ramo de lámparas selladas en tus ojos, con esas mareas empuñadas en tu boca velando esta muerte.
Porque estamos hechos de memoria, lo repetitivo en su búsqueda en el tiempo logrando eternizar los instantes.

Madre alimenta con tu pan
la sangre que ondula
bajo mi llanto
y reposa en mis llagas de luto
este sudario de tristeza

En Germán un mundo de imágenes, donde el signo acude, ese inconsciente que se vuelve imagen y termina siendo palabra con la que busca nombrar. Con la palabra sobrevive a la ausencia. Poesía es acercamiento y aproximación. El verso es ese encaje de signos y soles que funden los nudos de la noche. Encontramos en sus textos belleza y angustias. La exploración del que ama, el eco de esa intensidad de la existencia.

En algún momento coinciden todas las sombras, las más terribles, las sombras sedientas, fluyen enmudeciendo el cadáver de la noche. Las sombras atormentándolo, “me brotan las sombras costuras desgarradas”. Sombras que vislumbra frente a las virtudes del verso, el poeta enfrentado en la palabra poética, tiene que atravesar una niebla espesa, una sombra mayor para poder revelar su mundo. En esa carencia de luz y hermetismo también vive la poesía. Ella también es sombra y es lo impreciso, lo que está cerca a la oscuridad. Poesía es otra forma de lo oculto, pero es también plenitud y un modo de acercar las distancias.

Entonces la poesía se vuelve grito, urgencia: “Ven libérame de esta sombra que aúlla en este cuerpo y amordaza la noche” ese verso que asiste sediento, al clamor de los pájaros, verso lívido, doloroso verso, sonoro en el secreto de tus besos, acorralado, transido en las estrofas de la muerte entre la tibieza del tiempo que se levanta a ciegas sobre el reflejo de tantos espejos que nacen en el mar.

Poesía es búsqueda, sangre desnuda en la luz cálida y saturada de hondas muertes y es memoria para sobrevivir, porque quizás haya que poetizar la memoria y eso nos salve de tanta ausencia. La poesía habla por su alma nos dice y canta con voz incandescente. Testimonio legítimo de un mundo, sus lecturas nos despiertan resonancias y estados de ánimos. Al final nos convence que no todo está perdido, que nos queda la esperanza para salvarnos.

Encanta nuestro goce una lírica serena, que nos encuentra, porque al amor hay que volver siempre y a la poesía.

Mírame ir
por las calles marchitas
como un soldado sin bandera
en la hora remota
mírame
que la lluvia
moja mi nombre
escrito en torbellinos
de sangre…
Mis manos estarán
en la batalla
Del aroma del mundo
nacerá una semilla y una estrella

Para Voltaire la poesía solo está hecha de bellos detalles; un detalle de flor, un deshoje, una mirada, un zumbido, árbol, hombre, bestia, pájaro, vida. Poesía que repite el eco de una intensidad de vida indescifrable. El enigma es el lenguaje, las palabras rozan el misterio. Poesía es el camino a la perfección, pero es también un acto de fe. Se sabe que todo acercamiento a ella sugiere una acción espiritual. La poesía siempre nos mejora. Si poesía es evocación y repetición, es también lo interminable, esa extraña fiesta de la que hablara José Martí. A Germán lo tienta el juego, quiere alcanzar esa eternidad de las palabras. La única solución es escribir nos dice el poeta: Escribí bajo una noche vaga y tus formas oscurecían la sombra de mi sombra. Eso es para él la poesía, libertad, sanación, lo que nutre y alimenta su vida. Un modo, el único modo que conoce para encontrarse. Vive la experiencia de la poesía y nos invita a acompañarlo en el viaje, busca el diálogo, el hallazgo de la intimidad mediante esa comunión con los otros. En esta muestra que hoy nos ofrece, nos invita a esa celebración única del hombre que es la poesía en unidad total con la vida. Germán nos invita a pasar y a quedarnos con él bajo la mejor de las sombras; bajo la sombra del corazón.

Odalys Interián

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