Por: María Elena Lavaud

Carmen María Montiel se ha dado cuenta de que escribir es un acto terapéutico; una introspección de la que se deja constancia en un papel o en la pantalla de un computador; una confesión consigo misma que está dispuesta a compartir muy pronto en un libro, para que otras mujeres vean que sí se puede vencer no sólo el miedo, sino el mal; la flaqueza de otro ser humano y los huecos negros que tiene la justicia, aún en un país del primer mundo como Estados Unidos.

Esta periodista y ex reina de belleza, está escribiendo su historia como víctima de violencia de género; un caso agravado por los pocos escrúpulos de un marido médico, que no tuvo miramientos a la hora de usar su profesión en contra de su propia esposa, amén de haber provocado en Texas cargos federales contra ella. Carmen María pudo haber ido a prisión por 20 años, producto además de un juicio plagado de lenidad. La justicia de Estados Unidos estuvo a punto de fallarle, pero no. Él pretendió convencer a todos de que la agresora era ella, y perdió. Perdió el juicio legal y también el otro, el que se refiere a la facultad del alma por la cual se es capaz de distinguir el bien del mal, y lo verdadero de lo falso. Ahora ella escribe, para que otras se animen a salir de su laberinto. Y está clara: si no hablamos de lo que pasa, dejamos que pase.

Este mes de marzo de 2016, por años celebrado como el mes homenaje a la mujer (ver nota editorial en esta edición), ha sido particularmente dramático en términos de noticias de gran impacto relacionadas con la violencia de género. El sábado 19, la sorpresiva etiqueta o hash tag #MujerGolpeadaEsMujerfeliz, haciendo apología a la violencia machista, ocupó en twitter el número uno entre las noticias más comentadas de España. En varios otros países estuvo en los primeros tres lugares del cuadro de tendencias.

Muchos pensaron en las primeras de cambio que se trataba de un experimento anónimo para medir el impacto de un tema espinoso y complicado en la opinión pública, pero no. Fue la idea retorcida de un joven de 20 años que reivindicaba la violencia como forma relacional con la mujer, usando dos cuentas en la red del pajarito: @Beren12h y @Beren4coma9. El joven fue identificado gracias a las cyber pesquisas de las autoridades españolas y está siendo investigado, pero en la plataforma donde algunos usuarios trinan con libertinaje, aunque cueste creerlo, quedaron varios testimonios de respaldo. Ambas cuentas han sido suspendidas.

Días antes de conocerse esta noticia, la prensa mundial había difundido las acciones emprendidas por las hijas de la francesa Jacqueline Sauvage, condenada a 10 años de cárcel. Tras 47 años de abusos, Jacqueline asesinó por la espalda a su marido agresor. Ahora sus hijas tratan de accionar el indulto presidencial o la reducción de la pena, en un caso donde la legítima defensa que alegan sus abogados, fue descartada. Ellas, las hijas ─ al igual que Pascal, su hermano varón ─ también fueron víctimas de un padre violento e incestuoso durante años. Todos callaron por décadas, hasta que el supuesto delito de Jacqueline rompió el muro de contención. En el caso de Pascal, el silencio será para siempre, pues prácticamente en el mismo momento en que su madre asesinaba al agresor del resto de la familia, él ponía punto y final a su propia vida; una historia que quedará sin escribirse, al menos en primera persona.

Lo que tratamos de plantear hasta aquí, no es un ejemplo de dialéctica sino de perspectivismo: por cada noticia que se hace pública, es fácil inferir que hay cientos, quizás miles o cientos de miles, que siguen su curso en las sombras. Casos como el de Carmen María o como el de la francesa Jacqueline Sauvage, lucen como un punto ínfimo en el universo cuando se manejan las estadísticas oficiales de Naciones Unidas y de varias oficinas regionales que se ocupan de la materia: cada 15 segundos una mujer es agredida en alguna parte del mundo.

A esta hora, seguramente detrás de cada una de ellas, habrá algún gran productor de cine o un escritor dispuesto a inmortalizar esas historias. Es un fenómeno casi norma, dado su impacto. Lo desmoralizante es ver cómo se hacen enormes esfuerzos y sacrificios, por un lado, mientras que por el otro, nada más y nada menos del lado que se reserva uno de los primeros pasos para que todo cambie, se sigue sin evolucionar. La ley, las leyes, que no terminan de entrar por casa; el miedo y la pacatería, que aún en pleno siglo XXI no permiten a muchos llamar las cosas por su nombre, o al menos sincerar esquemas caducos y hasta sin sentido: en algunos países, el maltrato animal implica penas tres veces más severas que la agresión a una mujer.

Si no hablamos de lo que pasa, dejamos que pase. Entre los años 2001 y 2011, murieron en Afganistán alrededor de 6 mil soldados estadounidenses. El sentido y propósito de aquella guerra, se convirtió por años en tema de conversación cotidiana en hogares de Estados Unidos y buena parte del mundo. De lo que nunca se habló en cambio ─ al menos públicamente y con el mismo interés ─ fue de las 11 mil mujeres que en Estados Unidos murieron por agresiones de su pareja en el mismo período.

El libro que Carmen María Montiel tiene en el tintero, será el producto de otra valiente mujer dispuesta a ventilar su historia y generar impacto, para procurar que la rueda siga su curso y se logre la sensibilización y la generación de respuestas contundentes de las leyes y la sociedad toda. Para bien y para mal ─ valga el constructo ─ no es ni será la única ni la última. Mientras tanto, vale la pena recordar a Simone de Beauvoir con su Segundo Sexo, y a Alice Walker y su Color Púrpura. Ya es hora de que a la mujer no se la defina por extrapolación y por la forma cómo ha sido socializada. Si no hablamos de lo que pasa, dejamos que pase.

Foto: Cortesía de María Alejandra de la Pava.

Modelo: Ivanna Mazza.

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